jueves, 4 de septiembre de 2014

Nacer para morir
    


“La idea de la muerte la teníamos incorporada en la vida diaria, y esto ha desaparecido en las culturas occidentales”. Son palabras de Marina Abramovic, una mujer serbia que tuvo que escapar de su casa debido a sus ocupaciones algo paganas para el estricto entorno en el que esta mujer creció.

¿Qué miedo le tenemos a una realidad de la que no solo es imposible sino desaconsejable huir?

¿No dice esto mucho del concepto que tenemos de nuestra propia vida?

Examinemos de forma algo extremista lo que supondría la inexistencia de la muerte. Imaginemos que hoy se descubre un gas cuya inhalación nos dotara del poder sobre la muerte y ésta no viniera nunca a buscarnos.

Imagen del cortometraje de Disney
 The Skeleton Dance,
año 1929. Comparen con lo
que ven sus hijos.
No existiría el nacimiento ni motivo alguno para amar a nadie, no interesaría preservar la vida de otros puesto que ya está asegurada. Sería “Un mundo feliz” repleto de relaciones personales sin valor dado que tarde o temprano, unos y otros volveríamos a vernos. Perderían el sentido los errores y por lo tanto el aprendizaje y la necesidad de buscar sabiduría.

Una vida sin lucha, sin castigos, sin amor y sin premios.

¿No es así como parece que se enfoca la vida en nuestro siglo XXI? 

El hombre vive tan repleto de información que se hace juez universal siempre dentro de esa conveniencia que es el relativismo moral; ya no tiene ganas de pelear ni de amar. Solo quiere pasarlo bien porque siempre le quedará un mañana que le limpie la conciencia.

Su lucha no requiere más esfuerzo que los ciento y pico caracteres de los que dispone twitter para que desahogue sus superficiales valoraciones del mundo que le rodea.
El castigo se ve como una inmoralidad porque cuesta mucho admitir que algo que uno mismo ha hecho es un error. Y este punto tiene mucho que ver con el desequilibrio moral del que hablaba más arriba. Hoy en día no consideramos que nadie tenga potestad para castigar un acto que, tal vez según el propio criterio tiene toda la legitimidad del mundo.

Sobre el amor… el amor dura lo mismo que un programa de la televisión. Se responsabiliza al amor de tantas cosas que parece que si nuestras relaciones no se desarrollan como en una película en la que todo encaja de principio a fin, perdemos las ganas de continuar con ese proyecto. Se ha llegado a escuchar a personas de menos de veinte años diciendo ya que “el amor es una farsa”. Claro, que si lo que esperamos es que llegue la sirenita diciendo que por uno se pone piernas y abandona a su familia para estar a su lado, lo normal es que todo acabe en desilusión, porque eso es imposible que ocurra. Se cree mucho en los cuentos de hadas pero después se escupe mucho sobre la religión y creer en Dios parece incluso retrógrado.

A propósito de las recompensas, hoy se reparten a todo el mundo en algún momento de su vida y por ello podemos encontrarnos a personas cuyo intelecto no vale, auténticos borricos ejerciendo autoridad sobre personas cuyo potencial, honradez e inteligencia sobresalen. Se premia la trampa, la picardía en detrimento de un esfuerzo real. Se miran solo los resultados y no los métodos. Solo hay que ver cómo prolifera el uso de “chuletas” en los exámenes de cualquier centro no ya escolar, sino universitario.
Otra tendencia observable en nuestros días es el premiar a una persona por un acto normal y exigible a cualquier ciudadano: prueba de esto es la de un hombre que por apartar a un niño despistado de la carretera un segundo antes de que un coche le pasara por encima “poniendo en riesgo su vida” fue reconocido en los medios y económicamente beneficiado.

No es un comportamiento heroico sino algo que a todos nos tendría que mover, puro sentido de la humanidad. Y es que hoy en día es más difícil ser una persona que ser un héroe.

El mundo occidental, filosóficamente cínico y convenientemente crédulo ha perdido el respeto por su muerte, cargando su vida de necesidades ya que por lo menos de ella se tiene certeza. Y no crean que esto exime del sufrimiento sino que más bien lo va retrasando hasta hacerse insoportable.

Es hora de que cada uno busque su ruta espiritual, que reconduzca su vida y sea capaz de prescindir de los excesos tan a nuestro alcance, tenemos que conseguir ser felices incluso en los momentos dolorosos. Para lo cual hay que perder la fobia a la fe, y hablo de Fe en un sentido muy amplio. 


Y de esa manera podremos pasar a mejor vida como lo hará Marina Abramovic, “sin miedo, consciente y sin rabia, porque veo que mucha gente se va con estas sensaciones dentro”. 
Marina Abramovic

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