Me
enamoré perdidamente hace años. No necesitaba pensármelo por nada, no había
duda: era él y nadie mas. Y yo era ella.
El tiempo, la distancia, el cansancio emocional nos separaron de esa
exclusividad, no cabía mantener aquello a flote de ninguna manera.
El mundo que no cree en el amor es ese en el que vivimos. Pero muchas veces
dudo que esa creencia no sea mas que un esfuerzo de cada uno por superar el miedo que
tenemos al rechazo. Efectivamente, me cuesta creer que todos aquellos que se
creen demasiado autosuficientes se basten de decir que el amor no existe.
La otra tendencia es la de aquellos que aman a todo el mundo. Esos que nos
confunden tanto, esos que “caen bien a todo el mundo”, qué poco nos gustan… y
esta afirmación puede parecer paradójica ya que en esto que escribo intento
defender la postura de que el amor es lo que mueve al hombre y su convivencia.
Y es que resulta que, además de esta, tengo otra premisa que me induce a tener
ciertas ideas: TODO ES NADA.
En efecto, querer a todo el mundo es lo mismo que no querer a nadie puesto que
ninguno de esos destinatarios destaca: solo lo hace el emisor, porque tiene la
convicción de que gracias a él, hay belleza a su alrededor cuando en realidad
lo hace por utilitarismo mostrando una atención fingida. No es posible amar a
todo el mundo, en realidad eso es solo una apariencia, un precio que pagan
aquellos carentes de valor e integridad suficientes como para
admitir que hay gente en este mundo que no le merece la pena.
Lo natural, lo sano es amar a quien se
debe. Esta sería pues esa visión aristotélica de hallar el equilibrio, que
choca de frente con la actualidad, porque nuestro mundo occidental, legitimado
para opinar al tuntún con un grado de conocimiento que deja mucho que desear,
se cobija en los extremos. Y cuidado con esa idea de que aquel que no es
extremista es el que se deja llevar, porque en esto reside un enorme error de
interpretación sobre este asunto: los extremos son ideologías que conducen al
individuo a desgarrarse de su exclusividad para pasar a formar parte de un
entramado ideológico. Es la absoluta pérdida de control.
Hagamos un ejercicio autocrítico: ¿qué esperamos de la vida? ¿Cómo poner medios
para llegar a nuestros fines? ¿ESTAMOS SOLOS EN TODO ESTO?
Siempre he sido defensora de que las metas de uno mismo hay que alcanzarlas por
medio de si mismo, generalmente he admirado a las personas que prescindían de
otros para alcanzar sus fines. Mejor no pedir ayuda.
Pero no puedo mantener ese extremo porque me he dado cuenta de que si no es por
amor, no hay necesidad de moverse. También el desamor es una ayuda… es una
señal de que ese camino es el que no queremos tomar.
Y hay amores que, aunque nunca desaparezcan, se desligan de la praxis. Hay un
tipo de amor concreto, aquel entre dos personas que se conocen hasta tal punto
que nunca será posible, a pesar de la desaparición física, que lo hagan de
nuestros corazones. En esos casos pudo haber dolor, pero no rencor, porque el
grado de comprensión es tan elevado que es capaz de admitir las razones del
otro. Y en esto se diferencia el amor posesivo del verdadero. Claro que cuando
una pareja deja de serlo tiene lugar una época en la que pueden aparecer
algunos reproches, pero esos no trascienden si hubo amor sano entre ellos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario