Paseaba por la preciosa ciudad de San Sebastián en este día soleado hundida en mis pensamientos últimamente algo oscurecidos. Me pasó a los 17 años cuando veía más de cerca los 18, la mayoría de edad y la pérdida de la inocencia y de la excusa. Pérdida basada en un convencionalismo, una cifra con la que se estima que una persona es responsable de sus actos. Ya había llegado el momento de elegir una carrera y abrirse un camino hacia el futuro, lleno de ambiciones y sueños de triunfar.
Hoy paseaba por la preciosa ciudad de San Sebastián, en este día soleado cuando, hundida en mis oscuros pensamientos, me detuve a disfrutar de los rayos de sol que hacía tiempo no me acariciaban. Miraba el mar concentrada. La marea estaba baja y me suelo quedar un poco atontada mirando los movimientos del agua de mar, caprichosa y a la vez disciplinada. Observé un comportamiento que llamó mi atención: el agua va hacia la arena, y en un momento dado, dependiendo del punto de marea, cambia de dirección, se vuelve sobre sí misma. ¿Saben qué pasa entre este vaivén?
Un torbellino.
Un torbellino.
Como la vida misma.

Maravillosa observación, María.
ResponderEliminarPasé el jueves un momento por el Paseo de la Concha que estaba maravilloso: me tomaron una foto que puse en Facebook, pero no presté atención a los torbellinos.
Sigue escribiendo!
Como la vida misma. Como tu vida misma, como mi vida misma.
ResponderEliminarIncluso me atrevería a decir que el conjunto de todas las vidas de todas las personas mismas.
La historia de la sociedad contemporánea esta llena de torbellinos.