lunes, 5 de noviembre de 2012

TRAUMA POST-ADOLESCENTE

               Una vez me dijeron que el primer trauma que todos afrontamos en nuestra vida es nacer. Confieso que al principio esta idea me pareció un poco absurda porque pensaba que al fin y al cabo, si es un trauma, me acordaría. Pero pensando un poco sobre qué son los traumas creo haber "caído" en lo que esto significaba.

              Volviendo a las situaciones traumáticas de mi vida me doy cuenta de que se trata en realidad de una costumbre, un "dar por hecho" que de pronto y sin previo aviso deja de existir. Nadie recuerda el día en el que salió a gritos del vientre de su madre pero sí creo haberme dado cuenta de aquello que una vez me dijeron: un día estamos tranquilamente flotando en ese entorno opaco, oscuro, calentito y sin poder abrir la boca y de repente, sin avisar nos sacan de ahí de cabeza (si todo va bien), nos encontramos totalmente sueltos, como en un viaje al espacio. Unas manos nos agarran de los pies, nos ponen del revés y nos dan unos azotes: oímos nuestra propia voz por primera vez y más o menos diferenciamos la cara de un señor con gorrito y guantes azules y seguramente pensamos que la gente es azul. Después vemos a nuestra madre a la que ya conocemos y por la que sentimos la mayor afinidad. 

       Los primeros años de vida, en general y sin entrar en casos ya-no-tan-aislados, son de interdependencia padres-hijos. Porque ni el niño puede estar sin ellos, ni ellos sin sus hijos: la familia crece unida y todos cambian de distinto modo y a la vez. Pero hay una etapa muy temida por todos los padres llamada adolescencia en la que el niño ya no quiere seguir creciendo junto a sus padres. Nadie que termine bien su desarrollo se salva de esta etapa crítica: si no llega a los 13 años no se preocupen, llegará a los 30. Pensando en positivo, las crisis superadas son los pasos más importantes de la evolución. 

          La adolescencia son esos años en los que el hijo solamente ve fallos en lo que sus padres hacen, incluso en las cosas buenas. Uno deja de reconocer a su mamá y a su papá y ve a los enemigos número 1 que no le dejan expresarse como es por prohibirle ponerse un tatuaje, ve a unos pesados que se meten en su vida y que no aceptan su forma de ser. Una y otra vez se oyen portazos en casa, y el clásico "¡déjame en paz, tu no me entiendes!" aparece en las discusiones de cada día. El adolescente cree que va por la vida en solitario cuando en realidad hay unos padres preocupados que se hacen los locos en muchas cosas que saben de sus hijos. 

            En mi caso, no sé muy bien por qué, de repente me cansé de huir de mis padres y me fui llevando mejor con ellos, fui aceptando que todo lo que soy lo soy gracias a mi familia. Con sus cosas buenas y sus cosas malas. Los padres fallan porque antes que padres son personas. Sus errores son los que nos enseñan a no cometer los mismos. Pero mayoritariamente, puedo decir al menos en mi caso, mi familia me ha dado una educación y una experiencia que considero maravillosa, que les agradezco y que es en la que voy a basarme a la hora de evolucionar yo con mis futuros hijos. 

          Y en esta etapa de reconocimiento de la familia me he visto enfrentada a una situación algo traumática que nunca pude sospechar. Me encuentro ahora a los 21 años, después de haber pasado tantísimas noches sin pensar en ello, después de haber creído que podía prescindir de mis padres, echando tremendamente de menos cuando venían a taparme y a darme un besito. Ese "dar por hecho" que quise olvidar.

            

                

   

No hay comentarios:

Publicar un comentario