martes, 27 de octubre de 2015

Lo natural y lo humano





Según llegábamos, se extendía una planicie interminable atravesada por los raíles del infierno terrenal cuyo fondo mostraba impávidos los preciosos colores del otoño. Las hojas se vuelven de lo mas escandalosas antes de su despedida. Cuando caen aun frescas y coloridas, envuelven de tétrica belleza al espectador consciente de que lo siguiente es una fase lúgubre y fría: el invierno. Era un lugar conmovedor. Irónico paisaje para semejante paraje.

Aquellos que lo ocuparon hace menos de ochenta años fueron despojados de sus colores, sus vidas fueron robadas de la forma mas despiadada posible. Es muy inquietante pensar en toda la infraestructura y la molestia que se tomaron los ideólogos del odio para deshacerse de todas las promesas cumplidas y por cumplir de tantos millones de personas: de borrar sus tonalidades. En un sitio tan extrañamente sobrecogedor. El día que yo misma estuve allí, los rayos de sol resplandecían sobre el intenso verde de una hierba fertilizada sobre los cimientos del Terror. Desconcertante.

Pudimos ver en un momento dado cómo crecían las setas sobre ese suelo, cómo saltaban las cabritas por los restos de barracas donde la crueldad humana se sobrepasó a sí misma. Y solo pude pensar que tanto odio tiene que ser debido a un sufrimiento colectivo sin precedentes. "Lo último que se pierde es la esperanza"... y una vez que ésta desaparece... ¿qué puede pasar? Creo que este duro episodio de la Historia lo deja claro. Con cierta perspectiva, no se puede culpar a los alemanes: solo nos podemos culpar a nosotros mismos, como seres humanos que somos, de ayer y de hoy, por permitir que nuestro odio supere de lejos a nuestra razón.

En el autobús de vuelta sentía sobre mi el peso de haber pisado esa hierba, de haber visto y gozado los colores del otoño en esos bosques. De haber respirado y en algún momento incluso reído estando en ese sitio tan extraño. Aun no han pasado ni cien años y todavía hay personas que han sobrevivido a aquello. El odio que recibieron nunca fue devuelto y aun así todavía me pregunto si estos supervivientes han podido volver a sonreír. ¿Qué puede haber más miserable que ser apartado del mundo, humillado, engañado y obligado a desaparecer de la manera mas antinatural posible? No digo inhumana porque el ser humano insensibilizado sigue siendo humano. Digo antinatural por todo el montaje que rodeaba a aquella realidad. Por lo forzado que fue. Y a la vez da la impresión, cuando se estudia el asunto, de que una cosa llevó a la otra. Nosotros mismos nos esforzamos en entrar en su macabra lógica y fuimos perfectamente capaces de deducir el funcionamiento de su mecánica, esa que les llevó a la "Solución Final".

Esto conduce a la idea de que la crueldad está en todos nosotros y por suerte la mayoría decidimos abandonarla a las capas mas bajas y oscuras de nuestra personalidad. Pero es preciso comprender que los nazis también fueron niños inocentes al principio de su existencia. No es cosa de alemanes. Es cosa de Hombres. Si olvidamos todo esto es posible que lleguemos a tener motivos para sacar a relucir nuestras peores caras cuando las cosas se nos pongan difíciles.

Shalom





jueves, 9 de abril de 2015

Algo sobre lo que hasta ahora sé del amor.

Me enamoré perdidamente hace años. No necesitaba pensármelo por nada, no había duda: era él y nadie mas. Y yo era ella.

El tiempo, la distancia, el cansancio emocional nos separaron de esa exclusividad, no cabía mantener aquello a flote de ninguna manera.

El mundo que no cree en el amor es ese en el que vivimos. Pero muchas veces dudo que esa creencia no sea mas que un esfuerzo de cada uno por superar el miedo que tenemos al rechazo. Efectivamente, me cuesta creer que todos aquellos que se creen demasiado autosuficientes se basten de decir que el amor no existe.

La otra tendencia es la de aquellos que aman a todo el mundo. Esos que nos confunden tanto, esos que “caen bien a todo el mundo”, qué poco nos gustan… y esta afirmación puede parecer paradójica ya que en esto que escribo intento defender la postura de que el amor es lo que mueve al hombre y su convivencia.

Y es que resulta que, además de esta, tengo otra premisa que me induce a tener ciertas ideas: TODO ES NADA.

En efecto, querer a todo el mundo es lo mismo que no querer a nadie puesto que ninguno de esos destinatarios destaca: solo lo hace el emisor, porque tiene la convicción de que gracias a él, hay belleza a su alrededor cuando en realidad lo hace por utilitarismo mostrando una atención fingida. No es posible amar a todo el mundo, en realidad eso es solo una apariencia, un precio que pagan aquellos carentes de valor e integridad suficientes como para admitir que hay gente en este mundo que no le merece la pena.


 Lo natural, lo sano es amar a quien se debe. Esta sería pues esa visión aristotélica de hallar el equilibrio, que choca de frente con la actualidad, porque nuestro mundo occidental, legitimado para opinar al tuntún con un grado de conocimiento que deja mucho que desear, se cobija en los extremos. Y cuidado con esa idea de que aquel que no es extremista es el que se deja llevar, porque en esto reside un enorme error de interpretación sobre este asunto: los extremos son ideologías que conducen al individuo a desgarrarse de su exclusividad para pasar a formar parte de un entramado ideológico. Es la absoluta pérdida de control.

Hagamos un ejercicio autocrítico: ¿qué esperamos de la vida? ¿Cómo poner medios para llegar a nuestros fines? ¿ESTAMOS SOLOS EN TODO ESTO?

Siempre he sido defensora de que las metas de uno mismo hay que alcanzarlas por medio de si mismo, generalmente he admirado a las personas que prescindían de otros para alcanzar sus fines. Mejor no pedir ayuda.
Pero no puedo mantener ese extremo porque me he dado cuenta de que si no es por amor, no hay necesidad de moverse. También el desamor es una ayuda… es una señal de que ese camino es el que no queremos tomar.

Y hay amores que, aunque nunca desaparezcan, se desligan de la praxis. Hay un tipo de amor concreto, aquel entre dos personas que se conocen hasta tal punto que nunca será posible, a pesar de la desaparición física, que lo hagan de nuestros corazones. En esos casos pudo haber dolor, pero no rencor, porque el grado de comprensión es tan elevado que es capaz de admitir las razones del otro. Y en esto se diferencia el amor posesivo del verdadero. Claro que cuando una pareja deja de serlo tiene lugar una época en la que pueden aparecer algunos reproches, pero esos no trascienden si hubo amor sano entre ellos.