Tengo la horrible costumbre de, a falta de periódico, poner el canal informativo 24 horas de Televisión española mientras desayuno. Horrible porque siempre que presto atención (no todas las mañanas se despierta una con el mismo peinado) salgo de mi casa escandalizada. No solo por lo que veo en ese mismo momento, sino por las reacciones del público (o sea, los que no somos políticos) ante las noticias de los últimos tiempos. Y en estos días se habla mucho de Reforma educativa, y se critica mucho el querer "españolizar" a los alumnitos españoles. La primera en criticar ese verbo soy yo, que estoy a favor de mejorar el aprendizaje del tercer -o cuarto, depende del político de turno que hable- idioma más hablado del mundo. Con esa palabra, Wert no hizo sino hacer evidente la misma arma con la que silenciosamente nos han atacado a los que pensamos como yo:
obligar. Y por eso se le critica.

Para empezar, quisiera aclarar que en lo que escribo a continuación no hago referencia ni a Cataluña, ni a Galicia, ni a los nuevos nacionalismos emergentes en España. Hablo del caso que mejor conozco: el País Vasco, el que nos ha afectado a mí y a mi familia. Esta mañana, el motivo de mi enfado ha sido el escuchar a un tal Francesc Vallès, diputado en el Congreso, representante del PSC, hablando sobre lo pacíficamente que convivíamos en nuestras comunidades con nuestras lenguas cooficiales. Y tengo que decirle a este señor que no sé cómo se vive en Cataluña a este respecto, parece que según él nadie tenía nada que decir. Pero yo siendo de donde soy y habiendo vivido lo que he vivido sí que tengo algo que decir. Porque en varias ocasiones se me ha ignorado y menospreciado por no hablar euskera. Cuántas veces al decir que no hablo euskera he tenido que explicar el porqué de ese terrible error que cometimos al no aprenderlo. En un par de establecimientos de la Parte Vieja no se me ha servido por que no he pedido en euskera. Hasta ahí podía pensar: "bueno, hay gente que es cabezota, no merece la pena intentar que me entiendan."
El problema es cuando la intolerancia se traslada a la política. Se elimina el famoso "modelo A, B y C" en el que se podía elegir castellano, castellano-euskera, o euskera, en el que había
libertad para elegir. Estoy en favor del euskera: no es más que un enriquecimiento cultural y pienso que deberíamos conservarlo. Pero mantengo mi postura en contra de la politización de este idioma del que se han adueñado los partidos: el nacionalista vasco de ciudad es un nacionalista de pacotilla porque si viene un inmigrante y aprende euskera, automáticamente se hace vasco y entonces "es de los nuestros". No quiero decir con esto que no quiera que los inmigrantes se integren, quiero decir que lo único que saco de esta contradicción es que aquí con el pretexto del euskera se ganan los votos. No lo llamen Nacionalismo, llámenlo Euskerismo.

Yo no soy inmigrante, he vivido fuera por circunstancias de la vida, mi familia paterna es de aquí y no solo eso sino que han contribuido al crecimiento de esta región, que es de donde son y es la región que aman. Entonces llegan los Euskeristas que nos obligan a aprender sí o sí el euskera porque es "nuestra cultura y nuestra tradición y somos la mejor región de España, la más productiva". Y por la suerte que tenemos que haber nacido aquí nos imponen este idioma que solo nos servirá para trabajar aquí y por supuesto -lo más importante- para ser aceptados por el resto de esta sociedad. Sociedad que a día de hoy controlan personas de dudosa procedencia y de absoluta inexperiencia en política democrática. A esto se ha llegado por el desinterés y concretamente en Euskadi por el miedo con el que nos han amenazado hasta hace relativamente poco. Y de esto nadie se acuerda.
Les cuento un caso muy cercano a mi. Hace cuatro años, cuando Ibarretxe seguía pagándole a su hija la matrícula en una universidad privada lejos de la UPV, mi hermano volvía de pasar un año en Canadá en un colegio. Después de nuestra trayectoria escolar fuera de España nos vimos en la situación de tener que hacer el bachiller en San Sebastian. Primero tuvimos que seleccionar el colegio que fuera a ponernos menos dificultades para homologar las asignaturas y por otra parte teníamos que pedir la exención del euskera para que este idioma no fuera determinante a la hora de tener que elegir una carrera fuera del País Vasco. Pues a mi hermano no se la quisieron dar: estaba en marcha un proceso de ley en la que ya no se daban exenciones. NADIE nos escuchó. Nadie nos hizo caso. Matriculamos a Martín en un colegio en Madrid, como si se tuviera que ir al exilio. Tuvimos la suerte que en ese año los resultados electorales fueran desfavorables al PNV.
No quiero que se deje de hablar euskera, no pido que no se siga enseñando, solo pido que se deje de esconder la realidad. Pido libertad de poder elegir, no les debemos nada a los políticos. Que ese bocazas de Vallès no vuelva a decir que no hay conflicto. No hay conflicto porque no se quiere ver. No me siento acomplejada por no hablar euskera, he aprendido otras cosas que también me serán de utilidad en el futuro. No voy a dejar de ser vasca por no saber euskera. Mi abuela siempre tendrá historias sobre "gente de toda la vida" de Bilbao o San Sebastian que contarme. Siempre tendré constitución fortachona y barbilla prominente por mucho que los políticos intenten echarme con su cara de pacíficos y tolerantes. Políticos de la Inquisición moderna.